El ROI de la marca en turismo: lo que el C-Level no puede seguir delegando
Durante años, la marca en turismo fue tratada como un concepto aspiracional. Algo importante, necesario para “estar bien posicionados”, pero difícil de justificar cuando se hablaba de resultados, presupuestos o decisiones de inversión. Ese tiempo ya pasó.
Hoy, en un escenario marcado por la alta competencia entre destinos, la estandarización de experiencias y audiencias cada vez más informadas y exigentes, la marca dejó de ser un tema exclusivo del área de marketing. Se convirtió en una decisión estratégica de primer nivel. La pregunta ya no es si la marca genera retorno. La verdadera discusión es cuál es el costo real de no gestionarla con criterio estratégico.
Uno de los errores más habituales en organizaciones turísticas es intentar explicar el valor de la marca utilizando métricas pensadas para el corto plazo. Ventas directas, campañas tácticas, leads inmediatos u ocupación puntual. Cuando se mide la marca con ese prisma, suele parecer que no rinde. No porque no funcione, sino porque se la evalúa con herramientas que no corresponden a su naturaleza. La marca no compite con la performance. La sostiene, la ordena y la hace más eficiente en el tiempo.
Desde una mirada ejecutiva, la marca cumple una función clave: reducir la incertidumbre y aumentar la preferencia. En turismo, donde la decisión implica tiempo, dinero y una fuerte carga emocional, la confianza es determinante. Esa confianza no se construye con una acción aislada ni con una campaña puntual, sino con coherencia, consistencia y dirección sostenida.
Cuando la marca está bien gestionada, el impacto en el negocio es concreto. Disminuye el costo de adquisición porque el mercado reconoce y busca la propuesta. Aumenta el valor de cada cliente gracias a la repetición, la recomendación y la extensión de la experiencia. Se gana capacidad para sostener precios sin depender permanentemente del descuento. Se reduce la vulnerabilidad frente a crisis o contextos adversos. Y, quizás lo más importante, se alinea a toda la organización detrás de un mismo criterio estratégico, desde marketing y ventas hasta experiencia y comunicación.
Por eso, el debate relevante no debería centrarse en si la marca es tangible o intangible, sino en cómo se la gestiona como activo estratégico. Un liderazgo C-Level maduro no debería limitarse a mirar indicadores de activación, sino incorporar métricas que reflejen valor a largo plazo. Evolución de la preferencia de marca en mercados prioritarios, crecimiento del tráfico directo y de las búsquedas de marca, tasa de repetición y recomendación, percepción de valor frente al precio, coherencia entre promesa y experiencia real y posicionamiento relativo frente a competidores estratégicos.
Cuando estos indicadores mejoran, el negocio se ordena. El marketing deja de ser reactivo y pasa a cumplir su verdadero rol: ser una palanca de crecimiento sostenible.
En organizaciones turísticas que han alcanzado cierto nivel de madurez, la marca no se discute únicamente en el área de marketing. Se discute en el comité ejecutivo. Porque la marca define cómo se invierte, qué tipo de cliente se atrae, qué alianzas se construyen, qué experiencia se promete y qué lugar ocupa la organización en el largo plazo. Cuando el C-Level comprende esto, la conversación deja de girar en torno a cuánto cuesta la marca y pasa a enfocarse en cuánto valor estratégico está generando.
El turismo que viene no se va a definir solo por infraestructura, tecnología o volumen de pauta publicitaria. Se va a definir por claridad estratégica, coherencia de posicionamiento y liderazgo consciente. La marca no es un discurso. Es una decisión. Y como toda decisión relevante, no puede ni debe seguir siendo delegada.














